domingo, 21 de diciembre de 2014

Domingo de recaudación

La penetrante voz del cura le daba a la misa un ambiente de intimidad, la iglesia se llenaba de mujeres cuando la ceremonia era dirigida por el padre Adelfo, quien podía hablar desde el amor según san Pablo hasta la muerte de los primogénitos con una milagrosa sensualidad. Sus ojos verdes resaltados por unas cejas abundantes y su boca enjuta dedicada solo para adorar a dios eran los rasgos masculinos que más incitaban a los pensamientos pecaminosos de sus feligresas. Pero la que más sufría estos encantos era la pobre Lourdes. Una mujer de unos cuarenta años que iba a la iglesia desde los trece y que podía recitar de memoria varios versículos de la biblia incluyendo la interpretación de las parábolas de Jesús. Lourdes no podía sacarse de la cabeza la mirada, los gestos y la boca del padre Adelfo, algo que la atormentaba por las noches antes de dormirse y luego de rezar el padre nuestro.

Domingo nueve de la mañana, reunión para hablar de los pecados capitales y misa; doce del mediodía, reunión de alcohólicos anónimos; cuatro de la tarde, adoración y estudio bíblico y a las siete junta para recolectar dinero para las fiestas de la iglesia. Lourdes no se perdía ninguna de estas asambleas religiosas, incluso participaba del grupo de alcohólicos anónimos cuando no tocaba la bebida ni para brindar en año nuevo. La mejor recompensa para Lourdes era cuando el padre Adelfo la miraba y sonreía desde el púlpito o la saludaba calurosamente cuando se iba de las reuniones agradecido por tener una fiel tan ferviente.  Sin embargo ella sufría en silencio cuando llegaba a su casa y besaba el Cristo de madera sobre su cama imaginando los labios del padre.

También asistían a la misma iglesia Charo, cuñada de Lourdes y su hija Joanna, que tenía unos dieciséis años y dejaba boquiabiertos a muchos viejos verdes con su encantadora figura y rostro angelical a lo Lolita. Charo era una mujer robusta, muy creyente desde que se había quedado viuda hace unos años y una de esas personas que se obligan a ir a misa temprano para dormirse de vez en cuando en los últimos asientos. Una tarde, mientras el padre Adelfo hablaba sobre el evangelio de los apóstoles condenados a muerte, Lourdes vio entrar a Charo, su hija y a su padrastro Mateo, el hermano mayor de Lourdes. Él no solía ir a la iglesia y en la familia se le solía bromear con el apodo: Mateo el ateo. Una vez que la familia mezclada tomó asiento, el padre Adelfo con su sonrisa distintiva hizo el anuncio que estaba esperando decir toda la tarde, la próxima semana se haría la quermés en el patio del fondo de la iglesia. Se realizaba cada trimestre para juntar fondos, algunos católicos bondadosos se pasaban el fin de semana cocinando ensaladas, estofados y pasteles solo para poder ser parte de la obra de dios.

A pesar de su falta de conocimiento de la biblia y su aspecto deplorable, Charo siempre era tratada por el padre como a una santa preciosa cuando se la encontraba. Había una explicación muy clara, ella era quien más dinero aportaba en las quermeses, era la razón por la que nunca sobraba comida en esas fiestas. Ese día el padre Adelfo salió al patio tras el amén para poder respirar un poco luego de la asfixiante mezcla de colonias femeninas que inundaban la iglesia, y unas cuantas mujeres lo siguieron para manifestar su gran admiración por el culto; entre ellas estaba Lourdes, que había esperado todo el día para poder estar cerca del padre.

Ella ya lo sabía, un hombre que dedica su vida a encontrar la iluminación en cada acto, que solo se permite ser amoroso y comprensivo para poder ayudar al prójimo sin intenciones egoístas y que toca a las mujeres con devoción cual si fueran todas María, jamás se fijaría en ella, una mujer entrada en los cuarenta que moría de deseos y pecaba de envidia cada vez que otras mujeres llamaban la atención de este pobre santo; pero de todos modos, Lourdes aún tenía la esperanza de que el padre Adelfo encontrara en ella un apoyo mayor que el que recibía del mismo Cristo. En el algún rincón de sus pensamientos ella imaginaba que el mismo dios los unía, en algún paraíso, en otra dimensión de la vida.

Charo se abanicaba el rostro sudoroso mientras Joanna se sacaba fotos con su celular casi como ida; Lourdes trataba de evitar a su cuñada para poder hablar con el padre, pero en el momento justo en que el hombre de ojos verdes y aire viril se estaba por acercar a hablar con ella, la figura eterna de Charo ensombreció el encuentro. Se saludaron como si no se hubieran visto por meses, Lourdes sonrió nerviosamente y Charo alabó con algo de sarcasmo su vestido. Ellas tenían una relación muy sincera pero también incómoda; Lourdes jamás habría encontrado la forma de resultarle agradable si no fuera la hermana de su esposo y Charo era una mujer de mucho carácter y confianza, algo que Lourdes encontraba repulsivo para alguien con esa figura antiestética, pero era la esposa de su hermano mayor.

En cuando a Mateo, no era el ateo como todos solían decir en su familia; él solo iba a la iglesia cuando tenía algo que pedir o algo importante que confesar, entonces creía en dios. Una vez que el padre Adelfo pudo liberarse de la estampida de mujeres fanáticas se encerró en el confesonario y se sentó a esperar. Era la oportunidad que había estado esperando el viejo Mateo y una vez que se acomodó en el asiento, se animó al ver una singular leyenda frente a él que decía: “Todos están bajo el poder del pecado, no hay ni un solo justo…”y confesó al padre algo que había estado produciéndole insomnio hace una semana.

La confesión de Mateo dejó sin palaras al padre Adelfo, hacía tiempo que alguien no lograba aquel asombro; el último que había congelado al padre con su confesión fue un tal Pedro, que admitió haber quemado una iglesia y que fue arrestado unas horas más tarde en su casa, durante su cumpleaños, completamente ebrio. Esta vez no era algo tan simple, no se trataba de un crimen por así decirlo, pero era suficientemente extraño como para dejarlo pensativo un gran rato. Mateo contó su historia muy tranquilamente. Hace unos días había tenido una fuerte pelea con su esposa. Como toda discusión comenzó en una estupidez, Charo se quejó al darse cuenta que ese año no iban a poder veranear en Villa Gesell como todos los años por falta de dinero, él le echó en cara sus gastos excesivos y pronto la disputa se volvió una escena de celos cuando Mateo mencionó lo de su ex esposo, el finado.  Joanna, la pequeña hijastra, se encerró en su habitación y subió el volumen de su ipod al máximo.

“Siento que me estoy cagando en su ex esposo” fue la frase que dejó imposibilitado de una oración al padre. Charo jamás se dejó amedrentar por ninguno de sus maridos pero aquel día Mateo estaba muy violento así que decidió irse de la casa a dar un paseo para evitar más disgustos. Él siguió insultando y golpeando las paredes cuando ella se fue, se incorporó en un momento y entró en la habitación de su hijastra, se acercó a ella temblando y con una mirada muy tierna le pidió que se sacara los auriculares. Le pidió disculpas por aquel episodio y le prometió que nunca volvería a tratar así a su madre. Luego salió y trató de recuperarse, pero no lo logró; una vez que vio la foto de Alberto, el ex esposo de Charo, con su aspecto tan masculino y fuerte, sobre la vasija llena de ornamentos en donde yacían sus cenizas, su ira se intensificó. “Un hombre que nunca había tenido mala suerte, infiel, avaro y pernicioso” según comentó Mateo al padre. Tomó la vasija como si se tratara de su propia esposa y la estrelló contra el suelo. Las cenizas del muerto parecían un montículo de mierda una vez que se mezclaron con el agua del jarrón de flores que también lo adornaban. Joanna no escuchó nada porque tenía los tímpanos destruidos por  alguna banda de metal y Mateo aprovechó el momento en el que no había testigos para deshacerse de la prueba del delito. Juntó los restos de Alberto y los mandó al fondo del inodoro como si lo estuviera evacuando. Consiguió una vasija idéntica a la que había estropeado y la llenó de la tierra de una de las macetas de las plantas que tenía en el balcón de su departamento.

“¿Entiende mi predicamento, padre? Mi esposa no se enteró de nada y yo muero por la culpa. No puedo ir al baño sin pensar que estoy haciendo mis necesidades sobre el muerto.” Dijo Mateo.  Adelfo no supo qué responder y luego de pensarlo le preguntó sobre los sentimientos hacia su mujer. Le preocupaba que ya no la amara, así de sensible era el padre. Después le hizo rezar unas diez aves marías y lo absolvió de sus pecados.

La casa estaba hecha un desastre, la mesa llena de moscas, la luz del pasillo no funcionaba, la cama desatendida y el Cristo colgado ya tenía unas cuantas telas de araña en sus extremidades. Lourdes se pasó la semana en camisón, tomando vino y mirando televisión. Se embriagaba y justificaba su desliz pensando que intentaba darse grandes dosis de “la sangre del vencedor”. Un miércoles, acostada, con los ojos perdidos en la tv llegó a un canal prohibido, en el que solían pasar películas pornográficas. Esa tarde transmitían un clásico del terror: “El exorcista”. Después de una hora mirándola ella comprendió que todo lo que había estado haciendo estaba mal, era claro que su obsesión por el cura era un error, pero era su enfoque hacia el deseo lo que aún necesitaba dilucidar. Lo suyo, según lo entendió, no era propio de una cristiana, sino que provenía de algo terrenal, interior, quizá propio del mismo Satanás. Impresionada por la pobre chica poseída tuvo de golpe una epifanía: ella quizá también estaba poseída por el demonio, y necesitaba urgentemente ser exorcizada. Quizá por un cura cuya fe en dios fuera firme, cuyo amor fuera solidificado y que no dudara a la hora de bendecir, por así decir, a una ferviente fiel de dios y de la iglesia.

El piano de la iglesia estaba desafinado y las pinturas desgastadas, los monaguillos se veían desalineados desde aquel incidente en la tintorería del barrio y a algunas ventanas les faltaban unos vidrios. Por donde quiera que viera el padre Adelfo se encontraba con algo que poner en orden. Pero aquel día era especial, las fiestas de la iglesia dejaban una cantidad generosa de dinero y el padre estaba entusiasmado por realizar las mejoras necesarias en su lugar sagrado de pastoreo.
Algunas cuantas ovejas ya habían llegado para ayudar a decorar el patio para la fiesta, otras se habían sentado simulando que rezaban mientras emitían esos ronquidos tan populares de la mañana. El padre Adelfo tenía su mejor hábito negro, peinado con gomina y bien afeitado, parecía una estrella de Hollywood. Unos hombres con escalera estaban colgando las luces en el patio cuando Adelfo se percató de la presencia de Mateo en uno de los bancos de la iglesia. “Mateo, el ateo” pensó el padre en lo privado.

Ya eran las nueve de la mañana y el culto de pecados capitales se había aplazado para poder organizar mejor la fiesta. Mateo entró al confesionario y escondió su paquete de cigarrillos en el bolsillo interno del saco. El padre sacó del suyo el rosario y se sentó del otro lado a escuchar lo que tenía para decir. Unos minutos bastaron para que Mateo se largara a llorar y le contara que su matrimonio estaba por llegar a su fin.

“Tengo que decirle la verdad a Charito”
Hace unos días la casa de Mateo se había vuelto su infierno personal. Después de arrojar las cenizas del cuerpo de Alberto por las cañerías el sistema había colapsado y el baño se inundaba todo el tiempo, algo obstruía el desagüe y era necesario el trabajo de plomería urgentemente. Mateo, muerto de culpa pero también sediento de venganza, quería confesarle a su esposa de su ataque de furia y terminar con esa frustración que lo atormentaba. Alberto era un hombre muy serio, acaudalado gracias a una herencia que disfrutó y compartió con Charo mientras estuvo vivo. Había muerto de un infarto en un hotel en un viaje de negocios. Mateo, con su acostumbrado escepticismo seguía creyendo que este hombre había sido un rufián y que probablemente su muerte había sido causa de una sobreexcitación con alguna amante.

“Era un tipo despilfarrador, infiel. Ya sé que no está bien decirlo, padre, pero seguramente se habrá ido al infierno.” Todo este asunto era delicado y un creyente de dios podría sentir que se le está pidiendo que actúe como dios ante este caso. El padre Adelfo siempre fue muy humilde, pero su fe le dictó siempre efectuar la obra de dios entre los hombres.

El problema no es solamente que el baño huela a mierda y que entre esa agua de cisterna y residuo cloacal esté la materia de lo que alguna vez fue un hombre. “El maldito anillo de compromiso” dijo con voz trémula Mateo. El anillo, que le había salido una fortuna al difunto Alberto, había sido depositado con sus restos. Lo recordó apenas se dio cuenta de aquel infortunio. Si Charo llegaba a descubrir que entre esos restos tapados se hallaba su anillo, seguramente iba a darse cuenta de todo lo que había hecho Mateo enseguida.

El padre le recomendó uno de los plomeros de la iglesia: el Chapulín, le decían. Uno de los cristianos más honrados de su congregación. Seguramente, le respondió, no tenía nada de qué preocuparse y el problema se resolvería fácilmente. Le instó a recordar los votos sagrados con los que él mismo los había unido hace un tiempo y le dijo al consternado Mateo que considerara aquello como una prueba de dios para fortalecer su matrimonio.
El teléfono en la oficina que olía a pino no dejaba de sonar, casi nunca llamaban a ese número así que nadie atendió los primeros siete rings, fue hasta que uno de los monaguillos dejó su tarea de decorador para hacer de recepcionista del llamado de Lourdes que se generó un silencio místico en la iglesia. El joven monaguillo dejó el tubo del teléfono a un costado del escritorio y corrió hacia el padre Adelfo con una palidez en el rostro tal que lo preocupó.  
“Una sierva, padre. Dice que el demonio se ha apoderado de su cuerpo y necesita un exorcismo” Estas palabras fueron demasiado severas viniendo de un monaguillo y pronto el asunto llegó a estar en boca de todos los feligreses.

Satanás permanecía en los escombros de los muros romanos, o estaba limitado a los rastros de los asesinos y los pederastas, según el padre Adelfo. Nunca había tenido que enfrentarse al diablo en persona, solo sabía que a partir del sacrificio de Cristo su paradero era impreciso. Aquello de las posesiones siempre fue un desafío para el cura que nunca había presenciado una verdadera manifestación demoníaca. Había leído al respecto y conocía muy bien el procedimiento correspondiente ante un caso de posesión diabólica, pero el solo hecho de reconocer aquel poder sobrehumano lo turbaba al punto de hacerle dudar de su contacto con la divinidad cristiana.
Aquello de exorcizar a una fiel parecía un tanto inverosímil si se lo analizaba racionalmente, sobre todo si se tenía en cuenta de que este hallazgo solo podía ser autentificado y aprobado por las autoridades eclesiásticas. Pero el padre había leído lo suficiente sobre el tema en el manual del exorcista y era cierto que él era el único religioso de ley en el pueblo que podía encargarse de un asunto así. No lo dudó mucho y se dirigió a la casa de la mujer que había llamado desesperada por su ayuda. Después de todo, esto también significaba hacer la obra de dios, en nombre de dios.

El exorcismo se realizó ese miso día. El padre Adelfo entró a la casa de su parroquiana con la biblia en la mano y el corazón sobresaltado. El hogar estaba invadido de moscas y un vaho de humedad y alcohol le provocó al padre un sobrecogimiento propio de alguien que está por entrar a las fauces de una bestia. Sobre la cama estaba la miserable de Lourdes, con un rostro triste y el cuerpo endurecido como animal asustado. El padre sintió una enorme misericordia y se acercó a ella bendiciéndola. Pero Lourdes estaba dispuesta a llevar las cosas al extremo, así que estalló en gritos de furia y con un esfuerzo demencial se retorcía en su cama al tiempo en que blasfemaba e insultaba el nombre de dios.
Adelfo se incorporó de inmediato y la miró con sus verdes ojos como queriendo comprender su reacción. Ella dilucidó la profundidad de aquella mirada y se atrevió a más. Se impulsó de su cama hacia los brazos de aquel viril religioso y le pidió ayuda, provocando entre llantos la piedad del hombre. Tan pronto como se tranquilizó, el padre se sentó a su lado y empezó a pedir a dios su rápida liberación. Lourdes aún no sabía cómo lograr que el padre se acercara un poco más a ella, temía alejarlo con su histrionismo y empezó a balbucear palabras incomprensibles a medida que movía sus caderas lado a lado para chocarlas con las del padre Adelfo. Todo aquello era un trabajo que requería total seriedad y seguridad del cura y no se mostró amedrantado, por el contrario puso su mano sobre su frente y ordenó al demonio que se retirase de su cuerpo. Pero el demonio no se retiraría jamás, porque Lourdes no estaba poseída. Entonces el padre observó el reloj que daban las doce del mediodía, se separó del cuerpo convulsionado de Lourdes y trató de relajarla al modo antiguo: tratándola como un ser humano.

No hubo forma de inmovilizarla, al final solo quedaba recordarle al padre que solo la fe podría salvarla. Intentó con el padre nuestro, con la virgen maría y con el frasquito de agua bendita. Nada podía detener la furia de Lourdes. Fue entonces cuando sus manos se encontraron, él quería sostenerla para que no se lastimara y ella buscaba el contacto de ese hombre que poseía una belleza inigualable. Tan pronto como el padre puso su mano sobre su pecho, Lourdes sintió una excitación enorme en su vientre que le provocó un pequeño gemido. La manifestación se volvió incómoda para el hombre de dios que ahora podía darse cuenta que aquella mujer había puesto su mano en su entrepierna aferrándose a su pene con furia. Trato de liberarse pero era inútil, apenas logró alejarse del rostro de la mujer sintió que le jalaban el brazo con fuerza sobrehumana. La mano de Adelfo se sostuvo sobre las piernas de Lourdes, que conmocionada lo atrapó con sus muslos hasta que el padre sintió la humedad de su órgano en sus dedos.

Ella se sintió en el cielo por un instante y su actuación fue rápidamente descubierta por el cura. Aquello había sido una treta para poder aprovecharse de él, y lo peor había sido que en ese apretón realizado por la mujer “poseída” el hombre célibe había experimentado una severa erección. Se retiró de la casa completamente asustado y después de ver el Cristo enmarañado de telas de araña se persignó como si hubiera vuelto a sus días de juventud, en los que aún no se decidía si volverse teólogo, ingeniero o monaguillo.
Lourdes aún estaba en su cama perdida en el éxtasis con los ojos cerrados y una sonrisa macabra de oreja a oreja. No lo había podido deducir, pero aquel día, luego de años de abstinencia o de mal sexo, había tenido por primera vez un orgasmo.

La iglesia se llenó de gente esa noche. Estaban los fieles de siempre, sus familias, jóvenes del barrio y hasta algunos curiosos que se acercaban por el jolgorio. Sonaban canciones muy de moda, todos bailaban y reían. Charo asaltó los platos como si se tratara de una guerra que ella estaba ganando; su hija Joanna, la niña preciosa de las reuniones, se sacaba selfies en un rincón alejado de los hombres que la miraban con una tentación evidente en los ojos;  Mateo estaba al lado de su esposa con un vaso de coca en una mano y un choripán en la otra. Todos los devotos participaron aquella noche de la fiesta en el patio de la iglesia. El padre Adelfo no pudo recuperarse del trauma que había vivido esa tarde y se encerró en su oficina a juntar las ofrendas y lo recaudado por las ventas. El rostro de Cristo sobre su escritorio le provocó un sentimiento muy grande de culpa pero obnubiló todo intento de pensamiento pecaminoso usando las matemáticas y contando el dinero en los cestos de voto.
La gente había depositado mucho dinero como de costumbre, algunos hasta habían dejado billetes de cien pesos. En el tanteo, el padre logró extraer de la bolsa un anillo dorado con un diamante ostentoso y quedo encandilado. Recordó que dios trabaja de formas misteriosas; también recordó que el Chapulín había sido uno de sus primeros confesantes y que siempre debió perdonarlo por sus reiterados hurtos. Luego el padre Adelfo imaginó lo mucho que faltaba hacer en la iglesia y se reconfortó pensando en aquel local de empeño a unas cuadras de su querido templo.


El piano declaró un sol bemol que intentaba ser un fa y alguien se fastidió por el sonido maldiciendo en voz baja.  

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