lunes, 5 de octubre de 2015

El rufián


Margarita y Alfio eran un matrimonio de esos que ya habían pasado los sesenta, vivían en las cercanías del barrio chino, junto a una antigua peluquería llamada “El rufián” y jamás se habían mudado desde que se afincaron allí en la década de los ochenta, cuando él había empezado a trabajar como taxista mientras ella daba clases de pintura. Hacía un tiempo los dos permanecían en un molesto silencio en el que solo se comunicaban con señas y soplos procaces. Al parecer Alfio había empezado con este hábito el día en que Margarita le mencionó que se había puesto sordo y torpe, entonces se le ocurrió castigar a su mujer evitando entablar conversaciones con ella. Así fue como ella aprovechó esta nueva forma de relación para oír más claramente sus pensamientos.

En la vieja peluquería “El rufián” trabajaba Román, el peluquero del barrio de hacía veinte años, defensor de los “viejos modelos”de gobierno y amigo de la pareja. La vida había sido muy severa para el viejo Román, había comenzado a trabajar desde muy pequeño casi sin saber leer ni escribir, su mujer había muerto de un a.c.v. y además querían desalojarlo de su trabajo para poder ensanchar un nuevo supermercado japonés.

Ese día Román se encontraba cortándole el pelo a un niño muy molesto cuando observó a Margarita entrar al local, muy elegantemente vestida, con su cabello alzado y mostrando unas piernas que no parecían haber envejecido. Se sentó ante el enorme espejo y le dedicó una sonrisa a Román seguido de una mordida de labios, insinuando que aquel niño inquieto era un monstruito insoportable.

El viejo peluquero al que nadie nunca le dijo rufián cubrió sus pronunciados pechos con el mantel rosado que guardaba solo para sus clientas favoritas y empezó a cortarle el cabello a la mujer que hacía tiempo miraba con gran deseo y lujuria. Por momentos Román preguntaba por Alfio, a lo que Margarita respondía con una sonrisa fingida, sabiendo que no podía hablar mal de su marido a uno de los amigos más viejos del barrio. El perfume de la leal Margarita llenaba de frenesí  y de ideas prohibidas al pobre Román mientras trataba de concentrarse en no cortar demasiado. Lo cierto es que aquel peluquero no era muy atractivo, era un hombre muy abandonado y desecho por el tiempo. Y Margarita era una mujer mayor deliciosamente cuidada que aún conservaba una tierna mirada que podía ser fácilmente interpretada como picarona. Ambos se sentían muy cómodos en aquel antiguo local, pero eso no era otra cosa que un símbolo de la costumbre y la cercanía.

Luego de que el hombre moldara sus últimos bucles Margarita no se aguantó y le dijo a Román que su esposo ya no le hablaba. El peluquero moderó la sorpresa que le causó el comentario, limpió los hombros de Margarita con un cepillo y pensó que era su oportunidad para hacer una declaración. “Ya se le va a pasar. A veces los hombres somos muy orgullosos, pero usted, Margarita, cuenta con mi oído cuando quiera” Margarita parecía muy compungida al respecto y con aire de estar censurándose para no explotar de rabia. Por suerte él la impidió que dijera algo de lo que podría arrepentirse luego. “Tan complaciente es su voz, Margarita, nadie soportaría mucho su silencio…” Luego el hombre advirtió un ligero color en el rostro de la mujer y una sonrisa muy delicada. Román se sintió realizado.

Margarita no recibía halagos desde hacía mucho tiempo. Se sabía una mujer atractiva para otros hombres pero no solía hacer alarde ni coquetear con nadie. Al salir de la peluquería se sintió algo avergonzada de haber hablado de Alfio, pero se alegró de que le dedicaran aquellas amables palabras.

Al entrar a la sala, Margarita se encontró con el gato del vecino que se había metido por la ventana. Lo alzó como siempre y lo dejó cerca de la puerta para que se fuera solito. Alfio miró a Margarita y en lugar de mencionar algo sobre su nuevo peinado le dijo que sacara de una vez a ese gato porque seguramente buscaba comida. Como ella siempre tuvo afecto por el animal evitó responderle agresivamente y llevó al pequeño felino con su dueño.

Esa noche la pareja se fue a acostar y Alfio encendió la tele. Se puso a mirar una película algo erótica que no hizo más que fastidiarlo y decidió dormirse enseguida. Margarita, que aún no podía dormir, se perdió en el argumento del osado guion y recordó sus años de juventud, cuando el placer físico y la perversión lograban dominarla y llevarla a realizar actos tan imprudentes como prohibidos. Apagó el aparato que solo le producía insomnio y se le plantó una siniestra idea en la cabeza.

Los sonoros transeúntes del barrio comenzaron su mañana con inusual intensidad. El gato se había escapado nuevamente de la casa del vecino y ahora ocupaba el espacio vacío de la cama junto a Alfio, quien se incorporó al notar que su esposa no había pasado la noche allí. Se vistió con la rapidez que sus piernas le permitieron y empezó a llamar a Margarita por toda la casa, al no recibir respuesta salió a buscarla muy preocupado.

Atravesó un gentío que se había acumulado muy cerca de su puerta, se subió en el Peugeot, su compañero de rutas, y luego de apagar el cartel de libre empezó a andar. Quizá su mujer se había ido a lo de su hermana la noche anterior, después de que él se durmiera. Pero, ¿por qué tomaría esa decisión? Todavía era un misterio para Alfio. Solo cuando encendió la radio finalmente lo comprendió. La periodista mencionaba la fecha exacta de su aniversario, seis de octubre. Se maldijo con una gran furia y golpeó el manubrio con frustración. ¿Cómo había podía olvidarlo? Había estado tan ocupado en dificultarle la vida a su esposa que por primera vez había cometido uno de los peores pecados en el matrimonio, o, al menos, el primero que parecía imperdonable.

Debería preparar algo, pensó Alfio en su inocencia. Nada parecía ser apropiado ni garantía de éxito, fue el primer día desde hacía años que su mujer no le despertaba con el desayuno. Seguramente esto serviría para reconsiderar su actitud los últimos días. “Los últimos años”, masticó en su foro interno.

Después de dar unas vueltas en su taxi decidió volver a casa. Ya no había la misma cantidad de gente, pero sí había un patrullero frente a la peluquería de su amigo Román. Se paró frente a él, que estaba sentado en la vereda con los ojos llenos de lágrimas, y se rascó la cabeza. Nunca había visto a ese viejo llorar, ni siquiera después de que su esposa falleciera de un repentino ataque y le sorprendió que pudiera estar con tal angustia.

Román se levantó casi sin aliento y le pidió perdón. Solo podía repetir una y otra vez esa ridícula palabra: “Perdón”. Sonaba tan infantil viniendo de los labios de este hombre. Después de calmarlo el pobre viejo seguía disculpándose y diciéndole que él no había hecho nada. Pero la situación era muy confusa para Alfio, quien se apartó del hombre con fastidio y trató de cruzar la calle. Eso ayudó a su perspectiva, que hasta el momento había sido ofuscada por las eventualidades y su propia amargura. Miró hacia la peluquería y por primera vez notó algo muy distinto en la vidriera a la que estaba acostumbrado a mirar. Y era que el nombre pintado de rojo que solía estar en grande, “El rufián”, había sido completado muy artísticamente con otras letras. El encabezado le asustó de inmediato. No podía creer sus ojos y leyó y releyó aquel mensaje, tan claro y perfecto.

Alguien se había encargado de cambiar el nombre de la peluquería y no había sido cualquier vándalo… “Alfio es <El rufían> y Margarita su puta”.

Cuando se dio cuenta del estilo de la pintura y de lo que se ocultaba en esas pérfidas palabras recordó un aire distinto, un olor viejo y una imagen nítida de una juventud perdida u olvidada. Esa fue la mejor declaración de amor que Alfio jamás había recibido en su vida. Sonrió después de un suspiro de calma y tocándole el hombro al viejo Román dijo: "Ya lo resolveremos".

En la sala aún estaba el gato, oculto bajo la mesa. Sobre ella, las antiguas pinturas de su esposa y los distintos colores que hacía décadas que no se usaban. El gran amor de su mujer y su perfecto talento no habían cambiado a pesar de todo, solo su apreciación por ella, y ahora lo sabía.

Margarita lo esperaba en la habitación vestida con una suave tela blanquecina y un conjunto de lencería oscura, que solo podía despertar inspiración y locura en cualquier hombre que alguna vez hubiera probado la piel de una criatura perversa como ella. Esa noche el silencio no fue molesto, ni desesperante, ni asfixiante: solo un instante en la noche entre los primeros gemidos y las ultimas exhalaciones.


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